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La vida profesional del ejecutivo está llena de incertidumbre y sobresaltos. Y seguramente con esta expresión nos quedamos cortos después del 2020 que hemos vivido y el horizonte que a duras penas atisbamos. Además de las eventualidades del negocio y el contexto individual,  el directivo se enfrenta a sus propios déficits. El estrés generado por una actividad frenética,  el miedo a no cumplir con los objetivos planteados, la inseguridad personal de liderar e inspirar a los colaboradores, la impericia para desenvolverse en entornos políticos, la propia incompetencia en cuestiones particulares…

Todos conocemos ejemplos o incluso hemos vivido personalmente circunstancias en las que nos cuesta aceptar un escenario que confronta con nuestra visión de las cosas, bien porque nos incomoda y creamos una barrera emocional entorno a ello, o porque simplemente el ruido ambiente nos impide apreciar la melodía. El peligro de bloqueo acecha cuando se trata de auténticos momentos de la verdad.

La lucidez debiera imperar más que nunca pero en cambio se toman decisiones equivocadas o incluso se opta por una inmovilidad o rigidez de planteamientos, cuando no se comete un traspiés político que compromete la credibilidad. En ocasiones nos entregamos con complacencia a la anestésica envolvente del entorno dejándonos llevar por una actividad intensa que responde servilmente a la urgencia y esquiva eficazmente a la importancia.

En los casos extremos es el síntoma de la propia incompetencia, pero bien puede tratarse de un afloramiento puntual de inseguridad personal, o de una falta de autoestima acusada por un instante vital intenso que provoca un rebosamiento de las capacidades.

La introspección como clave del éxito

Apelo a la confianza en las personas en estos casos. Dejarse aconsejar, estar atento a las indicaciones y percepciones que arrojan los colaboradores más próximos para contrastar así la realidad. Y cómo no, está el ejercicio de la introspección, mirar hacia adentro para intentar comprender mejor lo que ocurre alrededor ¡cuántas veces eludimos afrontar ese momento!

Sin embargo, hay momentos, sucesos vitales, que con gigantes luces rojas nos avisan de que nos ha llegado la hora de parar y mirar. Las huidas hacia delante ya sabemos donde acaban: en más quejas, en una profunda insatisfacción vital y seguramente en fracasos y pérdidas, no solo profesionales, a menudo también personales.

La experiencia nos dice que la manera de sacudirse esas quejas es explorar el camino de la resiliencia y la sabiduría. Incluir el cambio constante y la incertidumbre feroz en nuestra agenda. Aceptar el cambio como dogma y la capacidad de recuperación como bálsamo ante los choques inevitables del vivir. Interiorizar el cambio y la incertidumbre en nuestro ADN es la única solución. Hacer del aprendizaje y la adaptación eficaz nuestro estilo de vida, siempre guiados desde nuestra ética irreductible. La única vela que sople el viento que sople siempre nos llevará a puerto amigo.

La combinación audaz del apoyo en los colaboradores, la permanente mirada interior  –críticamente amable– y el recurso oportuno a consejeros externos nos ayudará a salir airosos en la apasionante travesía del trabajo y de la vida, más allá de pandemias.

 

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Andrés Fontenla

Socio fundador de Recarte & Fontenla. Más de dos décadas en consultoría de executive search y desarrollo directivo en multinacionales como Korn Ferry y Randstad, dirigiendo filiales y unidades de negocio y liderando equipos de consultores en España y varios países europeos.