Joven y directivo

por | 22 Sep 2026 | Directivos

Cuando escucho que los jóvenes ya no quieren asumir responsabilidades, me cuesta reconocerme en esa generalización. Hay personas con ambición y ganas de dirigir, aunque también se pregunten qué lugar ocupará el trabajo en su vida. Querer llegar alto y valorar la vida personal pueden convivir. Otra cuestión es comprender las exigencias del puesto y decidir si uno quiere asumirlas.

A los 31 años ocupaba una posición de alta dirección en una compañía de unos mil millones de euros de facturación. Cuando pienso en aquella etapa, además de la responsabilidad y la oportunidad, recuerdo cuánto me quedaba por aprender. Había llegado hasta allí por lo que había demostrado y por la confianza en lo que podía aportar, pero eso no significaba haber terminado de formarme.

Prepararse para llegar joven a la alta dirección

Llegar a la alta dirección requiere capacidad, esfuerzo y dedicación. También una dosis de suerte: encontrar una oportunidad y que alguien confíe en ti para aprovecharla. Me gusta cómo Álex Rovira y Fernando Trías de Bes abordan esta idea en La buena suerte, vinculándola con la preparación y la creación de circunstancias favorables. Trabajar para estar preparado importa, aunque no controlemos cuándo aparecerá la oportunidad.

Cuando esa oportunidad llega pronto, todo se comprime. Has tenido menos años para acumular experiencias, equivocarte y observar cómo otros resuelven situaciones difíciles. Puedes haber aprendido muy deprisa en algunos ámbitos y apenas haber estado expuesto a otros. Esa combinación explica tanto el valor que puedes aportar como los aspectos en los que necesitarás ayuda.

Cómo evaluar el talento joven para la alta dirección

Para mí, identificar talento joven para asumir una responsabilidad mayor exige mirar dos dimensiones: lo que la persona ya ha demostrado y su capacidad para seguir desarrollándose. Una promesa brillante necesita evidencias. Un historial de buenos resultados necesita examinarse a la luz del siguiente reto. La cuestión es entender qué permite confiar en que esa persona podrá responder a una complejidad distinta.

En esa valoración, la edad dice poco por sí sola. Conviene observar cómo aprende, qué hace cuando se equivoca, si incorpora perspectivas diferentes y cómo consigue resultados a través de otras personas. También si quiere asumir las partes menos atractivas del cargo: resolver conflictos, tomar decisiones impopulares o responder por problemas que no ha generado directamente.

El cambio de responsabilidades al asumir un puesto directivo

Mi experiencia es que puedes estar preparado para dar el salto y, al mismo tiempo, encontrarte con dinámicas completamente nuevas. Participar en un comité ejecutivo o relacionarte con un consejo de administración exige aprender a situar tu responsabilidad en el conjunto de la organización. Una propuesta puede ser acertada para tu área y necesitar ajustes cuando entran en juego las prioridades de toda la compañía.

También cambia el alcance de tu contribución. Quizá has progresado por tu capacidad para resolver, por tu conocimiento o por la intensidad con la que trabajas. En una posición directiva necesitas que otros puedan decidir y actuar bien. Delegar, desarrollar al equipo y construir acuerdos adquieren un peso mayor. Trabajar más horas no resuelve por sí solo ese cambio de función.

Cómo acompañar el desarrollo de un directivo joven

Por eso, mi primer consejo a una empresa que apuesta por un directivo joven sería que evalúe el salto concreto que le está pidiendo. ¿Qué responsabilidades podrá asumir desde el principio? ¿Cuáles son nuevas para él? ¿Qué capacidades tiene el equipo que le rodea? ¿Dónde podría necesitar apoyo? El riesgo debe valorarse en relación con el puesto y con las condiciones en las que va a ejercerlo.

Una evaluación bien diseñada ayuda a responder esas preguntas. Puede incluir situaciones similares a las que encontrará: defender una inversión, abordar un conflicto entre áreas o priorizar cuando los recursos son limitados. Interesa conocer cómo razona, qué información busca, a quién escucha y cómo revisa su posición. Las conclusiones de esa evaluación deberían orientar tanto la decisión de nombramiento como el desarrollo posterior.

Después hace falta acompañamiento. Considero que la empresa debe planificarlo con la misma seriedad que la selección. Un mentor puede ayudar a interpretar dinámicas de la organización y contrastar decisiones. El coaching puede facilitar el trabajo sobre comportamientos concretos, como delegar o afrontar conversaciones difíciles. Su utilidad dependerá de las necesidades de la persona y de objetivos claros.

Ese apoyo debe convivir con un mandato definido, autonomía y conversaciones sinceras con su responsable. De poco sirve ofrecer sesiones de desarrollo si las prioridades cambian constantemente o nadie explica qué se espera del nuevo directivo. Tampoco se trata de supervisar cada paso: necesita espacio para ejercer y una referencia a la que acudir cuando encuentre situaciones que todavía no sabe resolver.

Seguir aprendiendo después del nombramiento

Al directivo joven le daría un consejo igualmente claro: déjate ayudar. Aporta ideas, cuestiona lo que creas que puede mejorar y asume tus decisiones, con la humildad de quien todavía tiene mucho que aprender. Escuchar a personas con más experiencia, también dentro de tu propio equipo, permite ampliar el criterio. Pedir ayuda a tiempo forma parte de responder por el resultado.

Desde mi experiencia en el negocio, esa es la conexión que veo entre evaluar talento y desarrollar liderazgo. La evaluación permite comprender qué salto puede dar una persona; el acompañamiento ayuda a convertir esa posibilidad en resultados. Ambas decisiones deberían formar parte de una misma conversación sobre el futuro de la compañía.

Llegar joven a la alta dirección significa recibir pronto una oportunidad importante. La empresa tiene la responsabilidad de decidir con fundamento y crear las condiciones para aprovecharla. Quien asume el puesto tiene la de responder a esa confianza y seguir aprendiendo. El nombramiento reconoce un recorrido, pero también abre una etapa de desarrollo que merece tanta atención como el camino que permitió llegar.

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