En un entorno donde la colaboración, la diversidad de pensamiento y el desarrollo del talento son clave para la competitividad de cualquier organización, sigue habiendo conductas que operan en dirección contraria. Una de ellas es el rechazo, más o menos explícito, hacia quienes sobresalen o aportan valor de manera distinta.
Este fenómeno, conocido como el ‘síndrome de Procusto’, merece una reflexión sosegada, no solo por el impacto que puede tener en los equipos, sino por lo que revela sobre la cultura de liderazgo de una empresa.
Cuando destacar se convierte en una amenaza
En el transcurso de una carrera profesional, es habitual encontrarse con comportamientos que, de forma consciente o no, intentan frenar el desarrollo de quienes destacan. Lo importante, en estos casos, no es tanto evitar por completo el conflicto como saber interpretarlo y actuar con madurez y equilibrio.
Cuando estas conductas son puntuales, fruto del desgaste o la presión del día a día, no suelen tener mayores consecuencias si se rectifican y se repara el daño causado. Es distinto, sin embargo, cuando se convierten en un patrón de actuación. Especialmente si quien lo ejerce ocupa una posición de poder.
Dos formas de liderar… o de no hacerlo
Desde la experiencia, se pueden identificar dos perfiles muy diferentes de liderazgo en estas situaciones: Por un lado, quienes buscan a alguien que ejecute tareas difíciles por ellos, con el fin de allanar un camino que desean recorrer con menos resistencia. Por otro, aquellos que no ejercen un liderazgo real y no son capaces de detectar —o no quieren hacerlo— a quienes, bajo una actitud de permanente disposición, esconden una ambición desmedida por ocupar un lugar que no les corresponde.
El espejo que también nos interpela
Ahora bien, también es necesario hacer un ejercicio de autoconciencia. Todos, en algún momento, hemos podido adoptar actitudes restrictivas por miedo, inseguridad o exceso de presión. Reconocerlo es el primer paso para avanzar. Tender puentes y afrontar con honestidad las propias limitaciones puede ser una vía eficaz para superar esa etapa y crecer como profesionales y como personas.
El equilibrio como estrategia de convivencia
Cuando se trata de convivir con alguien que manifiesta ese tipo de comportamientos, conviene recordar que evitarlo por completo no nos exime de su influencia. A veces, el mero hecho de destacar puede convertir a uno en objetivo involuntario. Por ello, es fundamental encontrar un equilibrio entre la sobreexposición y la huida permanente.
Con inteligencia emocional, criterio estratégico y una red de relaciones sólida, es posible no solo protegerse, sino transformar esas situaciones en una oportunidad para reforzar el liderazgo personal y fomentar entornos más sanos y colaborativos.
Este artículo nace de una reflexión actual a partir del reportaje Hundir al que destaca… Cómo lidiar con quien nos menosprecia, de Montse Mateos, publicado en Expansión.
