El propósito no es una moda ni un lema inspirador: es el núcleo que alinea estrategia, personas y decisiones. Es una cuestión de sentido, no de imagen. Y a quien lo instrumentalice como campaña se le notará pronto. Lo comentaba recientemente en El País, en el reportaje “Propósito empresarial: ¿otra herramienta de ‘marketing’?”: los consumidores y los inversores ya lo perciben. Observan con lupa el compromiso social de las empresas y distinguen entre el overpromise y la transformación auténtica.
Y si hablamos solo de resultados, los datos son contundentes: las compañías con propósito innovan más y retienen mejor el talento. Según Deloitte Insights, presentan un 30% más de niveles de innovación y un 40% más de retención de su fuerza laboral frente a las que no lo tienen integrado (ver informe).
En la misma conversación con El País, hablaba con la periodista Carmen Sánchez-Silva de los distintos grados de compromiso que observamos en las organizaciones:
– Las que apenas cumplen con lo exigido por regulación, sin intención de cambiar.
– Las que hacen un esfuerzo real por integrar el propósito en sus procesos y personas.
– Y las que lo embeben de verdad: en sus valores, sus decisiones, su forma de operar. Estas últimas son las que transforman, porque miran lejos y ponen a las personas en el centro.
En Recarte & Fontenla lo vemos cada día: el propósito bien arraigado no solo humaniza, también diferencia. Por eso, una de las líneas de consultoría que más está creciendo en nuestra firma es precisamente la del diagnóstico de calidad y robustez del propósito corporativo.
