El vino y el café han jugado un papel clave en la historia de la innovación. Durante gran parte de nuestra historia la gente no bebía agua, porque con frecuencia era fuente de enfermedades, así que la bebida normal en España era el vino o la sidra y, en menor, medida el aguardiente.

En el siglo XVII (el llamado siglo de oro español por el apogeo de su cultura), el desayuno clásico era letuario (una especie de confitura de naranja con miel) y aguardiente. La expresión “ándeme yo caliente y ríase la gente” viene de un poema de Góngora que menciona este desayuno y dice: “Traten otros del gobierno/Del mundo y sus monarquías, /Y las mañanas de invierno/Naranjada y aguardiente, /Y ríase la gente”.

Así que nuestros antepasados andaban bebidos gran parte del día, lo que favorecía la creación artística, según parece, pero no la innovación tecnológica.

El café y la Ilustración

Pero con la llegada del café, la cosa cambia. El café sustituye al vino como bebida y con ello empiezan a proliferar las cafeterías. La gente pasa del embotamiento alcohólico a la estimulación cafeínica.

Las cafeterías se convierten entonces en la versión primitiva de nuestras redes sociales. Son lugares a los que acude gente de toda condición y mantiene tertulias de las que surgen infinidad de buenas ideas y da lugar en el siglo XVIII al fenómeno que llamamos de la Ilustración, una época de florecimiento de la ciencia y la innovación.

Una razón por la que estas conversaciones eran tan fructíferas era que las distinciones sociales no existían en el interior de estos locales. Los clientes no solo tenían permitido, sino que eran estimulados a iniciar conversaciones con extraños desde sus diversas experiencias. Como lo señaló el poeta inglés Samuel Butler: “Caballeros, mecánicos, lords, y la canalla, son todos uno solo”.

Aquí encontramos una de las claves de la innovación: aprovechar la diversidad humana para imaginar juntos nuevas posibilidades.

Historias de innovacion